viernes, 15 de junio de 2012

EL AMOR EN TIEMPO DE ZOROASTRO


El hombre de tez morena, flaco y sucio, joven y viejo a la vez, estaba llegando a Sardes, procedente del este. Había atravesado parte del gran desierto salado y su meta final, era Pasargada, ciudad, sobre la costa sur-oeste del Imperio Persa, ya se encontraba muy cerca de arribar a ella, tan cerca, que prefirió detener su viaje en Sardes, para reanudar el mismo, cuando las primeras luces del próximo, día se lo indiquen, estaba cansado pero feliz, la gran ciudad, pronto estaría ante sus ojos y allí, entonces, tendría la oportunidad de encontrarse, con el fin de su viaje y el comienzo de su destino, nada sabia, solo la ignorancia lo impulsaba, solo su fe lo guiaba y esperaba encontrar, en las palabras del Maestro, el Magupat, toda la sabiduría necesaria, para encaminar su vida, a través del principio del bien representado por el dios Ormuz, así pensaba, mientras buscaba donde dormir y pasar la noche. Se encaminó a un amplio edificio de piedra caliza, que funcionaba como albergue de viajeros, a un costado del camino, hacia las afueras de la ciudad, entró y se dirigió al hombre, que detrás de una mesa, controlaba todo lo que allí sucedía.

--Señor que distribuyes, la comida y el descanso en este lugar, al borde del camino que conduce a Pasargada, busco precisamente eso, dormir y comer, necesito descansar por esta noche, para mañana continuar mí viaje.
--Ya que vos mismo te llamaste viajero, tienes el derecho a pernoctar en este lugar, son cien dracmas, incluyen una comida y un catre para dormir.
--Más no necesito buen hombre, toma tu dinero.
--Por aquel corredor al fondo, encontraras la mesa donde comer, frente a ella, distintos catres te esperan, duerme sobre el que encuentres vacío.

Azué se encaminó por el largo corredor y al final de este, se encontró con un espacio más amplio, donde había viajeros como él, que estaban comiendo o durmiendo, según las circunstancias de cada uno, Azué se sentó a una mesa y rápidamente, fue servido con un plato de comidas y un vaso de agua, mientras comía aplacando su hambre y su sed, recorrió con sus ojos, el lugar donde estaba, la mayoría eran hombres del desierto, seres sin patria, que atravesaban las distintas regiones, llevando mercaderías para vender, en las grandes ciudades y para todos ellos, la meca era Pasargada, cuna de Zoroastro, donde la religión Daena Vanguji, se había hecho fuerte allí y radiaba hacía todo el Imperio, sus eternos preceptos, “pensar bien, hablar bien, hacer bien”, suspiró profundamente, el no estaba seguro de hacer todo bien, es más, suponía que muchas de las cosas que hacía, le salían mal, pero allí en esa peregrinación, estaba para eso, para curar su corazón y comprender, como se debe hacer el bien en un mundo, donde a veces Ahriman el espíritu del mal, se hacia fuerte y llegaba a dominarnos. Entre los tantos hombres que veía, de pronto descubrió a uno de ellos, sentado solo, en una mesa alejada, sus ropas blancas, pronto le hicieron comprender, que era un Magupat, un sacerdote zoroastriano, hubiera querido abordarlo, pero le pareció ser él, un ser indigno de molestar, a quien entiende el gran libro sagrado y habla sobre el, mejor en Pasargada, cuando intente ser recibido por algún Magupat, podría conocerlos. Volvió de costado su cabeza y exploró, la otra parte del salón que aún no había contemplado, vio más caravanas, llegadas de lo profundo del desierto salado, pero también vio mujeres, jóvenes y viejas, familias enteras, que seguían el camino de la arena, en busca de dinero y comida, la oportunidad de comerciar, lo que fabricaban ellos mismos, o lo que ellos mismos, robaban a otros. Por esos parajes el robo, era una manera más de subsistencia y a veces, aceptado sin escrúpulo alguno, de pronto su corazón dio un salto, un pequeño aviso, que lo diferente estaba al alcance de su vista, en un rincón, alejada de su centro familiar y de las mujeres, una de ellas, joven de agradable presencia, estaba sola comiendo, absorta en sus pensamientos, a nadie miraba y como era costumbre en Persia, siendo soltera, su vestimenta era de un color beige, muy claro, para que así vestida con ese color, a la distancia no se la vea, en el inmenso desierto y sea confundida, con la interminable arena, apuro su comida, se levanto y fue en la búsqueda de un catre vacío, lo encontró más rápido de lo imaginado, corrió las cortinas que lo ocultaban de curiosos, se tiró en el y pronto, quedó dormido, lo despertó el ruido persistente del cuerno de buey, anunciando el amanecer del otro día, en que todo el mundo se debía levantar, dejar el lugar vacío y empezar la marcha, hacia el fin de su camino. Azué se vistió rápidamente y salió, al patio del albergue, donde muchas caravanas, ya estaban concluyendo con los preparativos para partir, pensó por un momento, que el viaje a Pasargada, sería muy largo y  no le convenía más, seguir a pie, ya que por lo menos tendría siete días de marcha y en una caravana, el mismo trayecto lo podría cubrir en cuatro días, por lo tanto, una ves en el patio, en ese infernal pandemónium de camellos, hombres y mujeres, lo importante era prestar atención y ver de que forma, podía agregarse a una caravana, que lo lleve a Pasargada ¿A titulo de que? El podría despertar el deseo de ser llevado, pensó un instante y de acuerdo a lo que pensó, buscó lo que le pareció, más adecuado a sus planes, pronto sus ojos descubrieron, una pequeña caravana formada por dos familias, donde notó había más mujeres que hombres, por lo tanto imagino que allí, estaría su oportunidad, dado que no les vendría mal, un hombre más y además joven, para ayudarles en el largo viaje que tenían por delante, decidido no lo pensó más y fue directamente a abordarlos, se encamino a quien parecía el patriarca, un hombre moreno y flaco como todos, entrado en años, cuya dura mirada, hacía presumir que ejercía el dominio, sobre los demás.

--Viajero del desierto, necesito me prestes tu atención, aleja la mirada de la arena y clávala en mis ojos, que voy a hablarte.
--¿Qué necesitas hombre solo, que vienes a buscar mi compañía?
--Necesito lo que vos también precisas.
--¿Cómo sabes lo que yo preciso si no me conoces?
--No hace falta conocerte para saberlo, solo con mirarte es suficiente, en tu caravana, hay muchos camellos, demasiado trabajo, muchas mujeres y pocos hombres, yo soy hombre, como dices estoy solo, necesito ir a Pasargada, te ofrezco mis servicios que te serán muy útiles, a cambio que me lleves, ¿Qué decís a ello, hombre del desierto?
--Acepto, trae tus cosas, te doy aquel camello, el último de la fila, nos cuidaras de ladrones y controlaras el camino, para no perder la ruta. Por las dudas, ¿Conoces bien la ruta a Pasargada?
--Tan bien como usted señor, me he creado en el desierto, conozco muy bien el camino hacia donde voy.
--Perfecto, ni una palabra más, coloca tus cosas en el camello como te dije y ayúdanos a terminar todo, mi nombre es Soror.
--El mío es Azué, Soror, hasta que lleguemos a destino estaré a tus ordenes.

Azué tal como le dijera Soror, puso sobre el último camello de la fila, todas sus pertenencias, una ves que las tuvo acomodadas sobre el lomo del animal, volvió al encuentro de Soror.
--¿Señor que más es necesario hacer?
--Vuelve al edificio, las mujeres están reunidas, bajo la palmera que esta en la entrada del mismo, pídeles sus bultos, los traes y los vas acomodando sobre el tercer y cuarto camello.

Hacía las palmeras se encamino Azué y pronto, diviso a las mujeres, llego y le explico a la que parecía la mas anciana del grupo, lo que le había dicho Soror, una seña de este desde lejos, confirmó para ellas, lo que él decía, pronto les dieron sus bultos y este los fue llevando a la caravana y acomodando sobre los camellos, que Soror le dijera, cuando el último de estos bultos, estuvo cargado, las mujeres ordenadamente, se acercaron hacia donde ellos estaban, con la intención de subir a los camellos y comenzar la marcha, así lo fueron haciendo, con la ayuda de los hombres, que ponían sus manos en forma de estribo, para que ellas suban, de pronto Azué se encontró subiendo, al anteúltimo camello, a la joven que sola, viera sentada a la mesa del albergue la noche anterior, por un momento sus ojos se cruzaron, por un momento Azué sintió, que ya había llegado a Pasargada. Todo estaba en orden, Azué trepo al último camello, Soror desde el primero, dio la voz de marcha y lentamente, los camellos comenzaron nuevamente a internarse en el gran desierto salado, en donde en uno de sus bordes el más cercano hacia el oeste, se encontraba la ciudad, que era su punto de llegada. Azué miró hacia adelante, al lugar donde seguro estaba su destino y se encontró, con la espalda y la larga  cabellera negra, de la mujer, cuya vestimenta color arena, danzaba sensual al compás del andar de su camello. La monotonía, pronto le fue ganando espacio al cansancio y el paisaje, se convirtió en el principal componente de fatiga y nerviosismo, que toda la caravana comenzaba a sentir, habían pasado unas horas y era cerca del atardecer, cuando Azué, saltando del camello corrió en busca de Soror.

--Señor.
--Si Azué.
--Es posible que usted lo sepa, seguro que lo que yo diga esta de mas, porque usted ya lo sabe, pero es mi obligación informarle que dentro de media hora, nos encontraremos con un oasis y sería conveniente detenernos en el, para cenar y descansar, dado que las próximas dos horas, serán las peores en cuanto al viento del este se trate.
--Así es, como vos dices Azué, no tengas problema, estoy de acuerdo con vos y pensaba lo mismo, pararemos en el oasis, ¿Como están las cosas en retaguardia? ¿Alguien nos sigue Azué?
--Solo la gente que partió con nosotros, desde el albergue, no se ha agregado gente nueva, a las caravanas, nadie que pueda despertar sospechas.
--Bien, muy bien, esta atento, falta poco, dentro de un rato, estaremos en el oasis y allí, descansaremos, vuelve a tu camello Azué.
--Si señor.

Azué apuro el paso hacia el final de la caravana, para subir a su camello, al pasar frente a la joven que lo precedía, sus ojos se cruzaron y notó, cierto interés en la mirada de ella, que lo sobresalto, dado que el iba a Pasargada en busca de su fe y esos ojos, de pronto le estaban anunciando, la posibilidad que sus planes cambiaran, o tal ves no ¿Acaso que era? “pensar bien, hablar bien, hacer bien” sino la manifestación del mas puro amor. De pronto se encontró frente a su camello, subió a el y no pensó más, observo larga y profundamente el camino, a ver si algo había cambiado en el, desde el momento que lo dejaran atrás, nada, todo igual, la misma gente, la misma soledad infinita que todo lo abarcaba, no, no habia ladrones ni nada fuera de lo normal, se dio vuelta y miró hacia adelante por sobre los hombros de ella, en dirección al oeste ya se veían los puntos verdes de las primeras palmeras, el vuelo de pájaros, no cabía duda alguna, el oasis estaba a la vista, un poco más de camino y todos estarían reunidos para comer y descansar, un poco más de camino y se encontraría, hablando con la mujer que marchaba delante de el, en la larga fila, un poco mas de camino y sabría su nombre, ¿Qué iría a pasar? Rato después la caravana entraba en el oasis, era este un lugar totalmente diferente del desierto, en donde un espacio pequeño que formaba parte de el, por milagro de la naturaleza –presencia de agua semisurgente- se convertía en un vergel, al llegar, lo recibieron altas palmeras de cocoteros, variadas plantas verdes, un mullido pasto que se había tragado el infinito suelo arenoso y sobre todo, el pozo de agua, donde era posible proveerse del tan ansiado líquido, para sobrevivir en esas regiones y además, darle de comer y beber a los camellos, así se mantenían en buen estado toda la travesía, ya se encontraban otras caravanas en el lugar y llegarían más, de seguro las que venían detrás de ellos por el camino. Soror hizo detener la caravana, bajo un pequeño bosque de cocoteros y ordenó, que se libere a todos los camellos, de toda carga y se les de, de comer, Azué bajo del suyo y fue hacia adelante, para ayudar a descender a la joven, que le había precedido durante todo el viaje, se acerco a ella y con sus manos, formo un estribo para que bajara, ella, apoyo una mano en su hombro y un pie en sus manos y bajo, se quedaron frente a frente, entre el bullicio general del campamento, entre el extraño ruido de vegetación que se movía por el viento y hablo, hablo las primeras palabras que Azué escuchó de su boca.

--¿Cómo te llamas? ¿Quién eres? ¿De donde vienes que no te conozco?
--Me llamo Azué, vengo de las lejanas tierras de Sais, que es donde nací, no me conoces porque tu padre, me tomo en Sardes, para que lo acompañe hasta Pasargada, lugar al que yo también voy. De mi boca has escuchado todo lo que querías saber, ahora te dejo, debo hacer lo que tu padre ordenó, ve con las demás mujeres, yo me encargo de tu camello y de todo, una sola pregunta, ¿Cómo te llamas?
--Me llamo Sirsi, ¿A que vas a Pasargada si naciste en Sais?
--Voy a encontrarme con algún Magupat, que me inicie en los misterios de la religión Daena Vanguji.
--¿La buena Religión?
--¿Has oído hablar de ella?
--Toda Persia habla de Zoroastro, sus Magupat, recorren el Imperio, predicando que los seres humanos, deben llevar una vida pura y emprender buenas acciones, para conseguir que el bien triunfe sobre el mal.
--¿Crees en eso Sirsi?
--Creo que debemos ser buenos y tolerantes, Azué, pero te pregunto, ¿Alcanza con eso, para vencer a Ahriman el espíritu del mal?
--No lo se Sirsi, por eso voy a Pasargada, en busca de un Magupat para que me lo explique.
--No hablemos mas Azué, si mi padre se daría cuenta que estamos hablando, no le gustaría, nos veremos en la comida, una pregunta, das la impresión al verte, de que eres un beduino del desierto, uno de esos seres abandonados, por la mano del dios Ashipu, cuando en sus encantamientos, recito sobre tu gente la formula mágica del Shurpu, pero hay algo en tu mirada y en tu hablar, Azué, que te aleja de los beduinos y te acerca más, a los persas de ciudad, ¿Quiénes son tus padres Azué?
--No me interesa adornar mi forma de hombre, con la sombra de mi padre, soy el que soy, por designio de Baru, aquel que adivina nuestro destino, nací para morir y entre ambos extremos de mi historia, se que tuve un padre, que es Sátrapa en una región de Sais, el gobierna los cuerpos de la gente, yo me aleje de el, porque quiero entender el alma que no veo, el corazón, que me da los sentimientos y la razón que me guía, para elegir el modo de vida que yo quiera.
--Azué.
--Si.
--Me voy, me interesa hablar contigo, para que esto sea posible, mi padre debe saber, que no desciendes de un beduino, del inmenso desierto salado, sino, que eres hijo de un Sátrapa de Sais, ¿Lo haras? Hazlo y aceptara que me mires y hablemos los dos, en un aparte, si no lo haces, nunca podré acercarme a vos
--Esta sería la primera lección del Magupat, ¿Qué diferencia hay, entre dos hombres buenos, uno hijo de un beduino y otro de un sátrapa?
--Creo que ninguna Azué, pero mi padre no lo entiende así, hazlo, no necesitas abrir juicio, solo decir quien eres y ahora te dejo, porque debo ir con las mujeres. Adiós.

Sirsi se alejo, hacia el lugar donde las mujeres, se habían reunido en grupo para descansar y esperar, que se arme el campamento, Azué se dedico a hacer su trabajo, con la mayor diligencia posible, una ves que aligero de carga a todos los camellos, los llevó a beber y posteriormente, busco un lugar de pastos altos, donde los dejo para que coman, fue al encuentro de Soror que con sus hijos estaban armando las carpas, para dormir y pasar la noche.

--Soror los camellos ya están comiendo, ¿Qué otra cosa necesitas que haga?
--Ayúdanos con las carpas, una vez que terminemos, prepararas fuego para cocinar ¿Sabes hacer comida?
--Si se.
--Entonces, una vez que concluyamos con las carpas, te unirás a mi hijo Oinir y ambos, cocinaran para nosotros, ¿De acuerdo Azué?
--Si señor, permítame ayudarle con las carpas.

Cinco hombres había trabajando, para que las carpas queden listas, antes que las sombras de la noche, lleguen al lugar, Soror, sus tres hijos y Azué, este último, demostró su habilidad, una vez más, al trabajar de igual a igual, con todos ellos, cualquiera que lo viera hacer esa tarea, lo tomaría como un perfecto hijo del desierto, aquel que vive en el camino y en el muere, sin otro afán que recorrer el silencio de la vida, la soledad y la esperanza de llegar, para partir de nuevo, pronto, quizás antes de lo pensado por Soror, las carpas quedaron listas, este mando a uno de sus hijos por agua y le dijo, que la lleve a la carpa que correspondía a las mujeres, para que se laven del polvo del camino, posteriormente se dirigió a Azué, que terminaba de tensar las cuerdas de la ultima carpa.
--Azué.
--Si señor.
--Debo agradecerte por tu ayuda, también decirte que estoy sorprendido por tu habilidad en el trabajo, dime Azué, ¿Naciste en el desierto? ¿Por estos lugares? ¿Son tus padres beduinos?
--Nada de eso Soror, nací en Sais y mi padre no es beduino, sino sátrapa de una región de allá.
--Los ojos de Soror, se dilataron un poco y su cara, acostumbrada al engaño del comercio, no se inmuto, pero su voz no pudo impedir de preguntar. ¿Cómo Azué, tu padre es un sátrapa y vos pareces un beduino?
--Debo decirte una vez más Soror, que las apariencias engañan, que los encantamientos de Ashipu, entorpecen nuestro juicio, no, no soy hijo de los hijos del desierto, pero un día me fui del palacio de mi padre, porque quise conocer no el mundo, sino a la gente y termine, recorriendo lugares y cuando un persa, recorre lugares Soror, encuentra gente solidaria y buena, también ladrona y desaprensiva, todo esto nos ayuda a vivir y cuando uno vive entre ellos, termina pareciéndosele ya que la vida de ellos, pasa a ser la nuestra, por eso Soros parezco beduino, por eso para tus ojos lo soy y porque parezco, lo que no soy, me tomaste en Sardes, para que te ayude, agradece entonces a los beduinos, toda la ayuda que te brinde, ya que ellos me enseñaron todo lo que vos usaste de mi, pero una cosa Soror, si vas a buscar mi alma, mi corazón, el fondo de mi, allí no soy beduino, allí soy el hijo de un príncipe, un sátrapa de Sais que se debe al Imperio y a Darío su Rey.
--¿Por qué vas a Pasargada Azué?
--Porque no soy ni lo suficientemente bueno, ni lo suficiente malo, en la vida Soror, solo soy juguete de los destinos, en las manos del sacerdote Baru y quiero, encontrar el equilibrio, el equilibrio que de paz a mi mente Soror y tranquilidad a mi espíritu, por eso, voy a Pasargada al oeste, hacia el lugar que desde la India llegó Zoroastro, predicando su doctrina que recibiera del Gran dios Ahura Mazda, dios supremo e inmaterial, voy en busca de un Magupat, un mago como dicen los beduinos, para que me oriente en los caminos del saber, que son más largos y silenciosos, que los del mismo desierto.
--Azué ¿Me haces el honor de comer esta noche con nosotros.?
--Comeré con vos y todos los tuyos, no esta noche, sino si así lo quieres las cuatro noches que nos quedan, para terminar el viaje, pero sentado a tu mesa, no veas en mi al hijo de un sátrapa, solo ve lo que soy, un hombre, un humilde beduino, que busca saber, lo que los largos caminos recorridos, no le han podido enseñar. Ahora Soror, sigamos con lo nuestro, preséntame a tu hijo Oinir que juntos, debemos hacer la cena, ya que como las sombras te lo anuncian, la noche, ese lugar donde eternamente muere la luz, se esta acercando.
--Tenes razón, es tarde ya, seguime que te presento a Oinir y juntos harán lo que deban hacer.

Oinir, era un muchacho de la misma edad que Azué y de común acuerdo, se pusieron a preparar la cena para toda la familia, ambos resultaron expertos cocineros, en medio del desierto y transcurrido el tiempo, necesario para la cocción de los alimentos, todos se pusieron a comer, dentro de la misma carpa, que posteriormente los hombres dormirían, una vez terminada la cena, Azué y los hijos de Soror, desocuparon la carpa y prepararon los catres para dormir, hecho esto, todos salieron a distraerse un poco, para luego ir a dormir, Azué, se detuvo al borde del circulo luminoso, que formaban las antorchas y pudo distinguir, a Sirsi, que sentada sola, entre la penumbra, miraba la infinita sabana de arena, iluminada por los reflejos de la luna, que trataban de ahuyentar las sombras de la noche, Azué sabía, que cuando uno miraba la luna, sobre el desierto, el juego de la monotonía y el silencio interminable, ponía en marcha en su interior, la melancolía, siempre presente, en el alma de cada ser, se acerco a Sirsi y sin hablarle se sentó a su lado, la quietud también hizo presa de él y pronto ambos, se quedaron atrapados por lo que la naturaleza, les ofrecía, se convirtieron en sombra entre las sombras y en desierto, frente a la soledad y el silencio, de pronto la voz de Sirsi, se dejó escuchar y fue como el canto de pájaro, que rompe el hechizo Maklu, lanzando de nuestro ser todo lo impuro, hacia las llamas sobre el fuego, de madera ardiendo.

--Azué ¿Hablaste con mi padre? ¿Le dijiste quien eras?
--Sirsi, si estoy aquí, sentado al lado tuyo, en medio del silencio, la penumbra y el desierto y ninguna voz se a alzado, debes entender que le he hablado, . Sabe ya quien soy. ¿Lo habrá sabido antes? ¿Por qué las apariencias nos separan, si nunca nadie sabrá quienes somos?
--Lo sabe, a partir del momento que se lo dijiste y si parecías un beduino, para el eras un beduino y pensaba tratarte, tal cual se le presentabas, por eso te pedí que le hables y le digas, quien eras.
--No se cuando me viste Sirsi, porque siento que miras sin que te vean, pero cuando tus hermosos ojos se posaron en mi ¿Qué viste? Un beduino, el peor de ellos, un salteador de caravanas en el desierto.
--Vi un hombre, un ser extraño e indefinido, alguien que buscara su destino, sin encontrarlo y es más, te vi con un futuro incierto.
--¿Puedes ver cosas del ayer, del hoy y del mañana, como el adivinador Baru, sin estar presente nunca en ningún tiempo?
--Es imposible eso para mí Azué y tu lo sabes, soy mortal no diosa, solo que intuyo, más allá de lo que veo y veo en vos, al hombre que te dije, no existe tu pasado y tu futuro, no sabes lo que quieres.
--Sirsi, acepto lo del pasado, porque nunca me encontré frente a mi padre, pero el futuro tal como te dije, espero entregarlo a un Magupat, para que el me guíe.
--El Magupat te guiara, si vos decides caminar por su sendero, no puede hacer otra cosa, más que dejarse llevar por su deseo.
--Precisamente ese es mi deseo, necesito, quiero caminar por su sendero.
--Azué, debo decírtelo, así tal cual vos lo planteas, no lo veo, algo pasó en el trayecto entre Sardes y Pasargada, algo que cambio tu deseo, vi tus ojos, leí tu pensamiento, me conociste Azué, clavaste tu mirada en la mía y yo te deje entrar, al fondo de mi alma, estas preso Azué, mis ojos te persiguen, mi corazón te busca y aunque tu lo ignores, a brotado en tu mente, un nuevo deseo, el deseo de tenerme, aunque busques un Magupat Azué, no escaparas de mi, yo seré tu guía y juntos, ofreceremos sacrificios a el sol, a la luna, a la tierra, al fuego, al agua y a los vientos, aplicaremos las diez y seis formulas del Utukki Limmut, que ahuyentara de nosotros, a todos los espíritus malignos, yo te amo Azué y mi amor, es la palabra del Profeta, El lo a dicho. Solo yo me entrego por vos ante Ahura Mazda, dios supremo e inmaterial, para que seas feliz, solo yo enfrento a Ormuz contra Ahriman, el bien contra el mal, para que ocurra la creación-destrucción, de la cual nazca el amor entre los seres de este mundo y de todos, los otros mundos existentes, solo yo Zoroastro, creador de la Daena Vanguji –Buena Religión- te puedo ofrecer la paz que necesitas, en los brazos de la mujer, que haya señalado para vos, Azué, Zoroastro me eligió para vos, en el camino entre Sardes y Pasargada y yo lo acepte, en el primer sueño, de la primer noche, que te vi, todo lo que pasó después, fue decidido por el señor de los encantamientos, Ashipu, que coloco en nuestros corazones, la llama del amor, ese fuego de madera ardiendo, que se encuentra en el altar, de nuestros jóvenes corazones, sabes Azué, que ningún rezo ni ofrenda, puede hacerse sin que este un mago presente, te propongo que al llegar a Pasargada, vayamos a un Magupat y una ves frente a el, en el fuego del altar de Zoroastro, ofrendamos nuestro amor, al dios Ahura Mazda dios supremo e inmaterial, para que nos acepte como hijos del zoroastrismo, dedicados de por vida “a pensar bien, hablar bien, hacer bien”.
--Tu deseo será cumplido Sirsi, iba yo hacia el este en busca del Magupat que me ilumine, ya que el dios esta representado por la luz, el sol y el fuego, que le dan claridad a los espíritus en sombras y así, se encontraba mi espíritu, una sombra ambulante, recorriendo el gran desierto salado, en busca de la revelación que me salvara, cuando Baru, en su sabiduría, derramó sobre mi alma el hechizo Shurpu, aquel conocido como el Fuego Poderoso, utilizado para eliminar las impurezas, que las malas acciones de la vida, dejaran en nuestro interior profundo, allí donde crecen nuestros males y fue entonces, que te vi en el refugio de caminantes, sobre el camino que venia recorriendo desde hace tiempo, en pos del dios y no comprendí, que no eras una mujer, sino la voluntad del maestro, que consta en el Zen Avesta, de las practicas rituales, para que seas vos la encargada de modelar en mi alma, lo dicho en el Avesta, el sagrado libro de todos los libros, cuyas paginas, son las palabras y el conjunto de ellas, la revelación de Zoroastro, quien nos dice, que solo hay un camino bien equilibrado, el camino del Bien, que Ormuz representa y debemos seguir y una bifurcación, herrada de nuestro sendero, Ahriman el Mal, que debemos evitar, ya que este nos llevaría a nuestra propia destrucción, Sirsi, en vos esta representado el Bien Ormuz, mediante el espíritu de Len, al servicio de Ahura Mazda, dios supremo e inmaterial, a el entrego mi destino y a vos, te acepto compañera de mis pasos, sobre los pasos que de en este mundo, siguiendo a tu lado el camino, que nos trazara el Gran Iluminado, para que podamos recorrerlo juntos.
--Seremos felices Azué, ven, vamos ante nuestro padre Soror, a decirle, que has decidido, por mandato de tu alma y tu corazón, auxiliados por la mente, puesta al servicio de las nobles causas, de tomarme por esposa, apenas lleguemos a Pasargada y nos pongamos frente al Magupat, que nos iluminara con el fuego de madera ardiendo, que crepite en su altar, lugar sagrado donde la luz impide, que Ahriman el dios del mal, cumpla sus designios, tal el circulo de los círculos, genera el movimiento eterno de las cosas, tal la vida, sigue su camino y la conjunción del bien y el mal, Ormuz-Ahriman, crean una dinámica particular, que genera creación y destrucción eternamente. Solo tu amor y mi amor, nos salvará, de no cumplir lo que nos dice nuevamente y siempre Zoroastro, “pensar bien, hablar bien, hacer bien”. Vamos Azué, ven amor mío, me has hallado al borde del desierto, en medio de las sombras de la noche, donde nada se ve y todo se presiente, sin embargo, pudiste analizar todo lo que dije y darte cuenta, que nos habíamos encontrado en el punto exacto, donde querías llegar, dado que Zoroastro es fuerte, porque la llama de su altar, impera en nuestros corazones. Vamos, Soror nos espera, lo veo inquieto, porque hace mucho tiempo que estamos hablando.

Ambos se encaminaron hacia el sitio donde se encontraba Soror, sentado sobre una leve elevación de rocas, cerca del fuego, que habían prendido para ahuyentar a las fieras, darle calor al viento de la noche, e iluminar el lugar, donde estaban, para que los malos espíritus, que persiguen nuestros pasos por el mundo, no lleguen a el, estaba solo, absorto en verse a si mismo, tratando de comprenderse, para entender así, a todos aquellos que lo rodeaban, en especial a su hija Sirsi, a la cual hacia un largo rato ya, veía conversando con Azué ¿De que estarían hablando? ¿Dónde se conocieron, que el no se dio cuenta? Pronto se disiparían sus dudas, ya que vio como ambos, se levantaban y se dirigían a él, fue Azué que al estar frente a su mirada, hablo primero.

--Soror te vengo a hablar, no como el hombre, al cual diste trabajo en Sardes y deba decirte ¿Qué tengo que hacer? Si no, como el hombre libre, de todo compromiso ante vos, porque encontró en el camino que recorría la luz, que lo ha liberado de la ignorancia, que padecía en este mundo y que, por encontrar la sabiduría, tanto peregrinó, convirtiéndose casi en un beduino del desierto y la luz, la iluminación Soror, ya debes presentirlo, porque te leo el pensamiento en la pupila de tus ojos, es Sirsi, tu hija, a la cual te pido me concedas como esposa, porque creo merecerla y si no fuera suficiente para vos, lo que mi alma cree y mi corazón afirma, te digo Soror, que allá donde estuvimos hace un rato, en el limite de la luz, sobre las sombras del desierto, donde Ashipu practica sus encantamientos y Baru adivina el futuro de nosotros, ambos dos dioses, nos unieron para siempre, más allá de Ormuz y Ahriman, mas allá de todo, porque el amor que nos une, Soror, es el contenido del libro del Maestro, del Profeta, del que habla, dice y hace, son sus paginas, hechas fuego y desparramadas por el imperio, donde tanto sátrapas como beduinos, las adoran en silencio, para bien de la paz y la justicia, que todos nos merecemos, las que nos guían, en el amor y el comportamiento humano, que te venimos a mostrar ante vos padre, para que nos des tu consentimiento.  Soros ¿Qué dices a esto? Tal ves no tengas que responderme a mi, si no a Zoroastro que hace el bien sobre la tierra.
--Habla padre te escuchamos, yo Sirsi tu hija, que ama a Azué y quiere seré su esposa, te pregunto igual que él, con las mismas palabras, por lo tanto, la respuesta, tu respuesta, cuando la digas, no solo será recibida, por el hombre que tienes a tu frente, sino también, por tu hija, que al costado de él, tomada de su mano, anhelante, espera lo que vas a decir.
--Si el Gran Dios y sus dioses secundarios, han decidido por mi, ¡Que así sea! Si Azué y Sirsi, se aman y quieren unir sus vidas para siempre, ante el Magupat, frente al altar con fuego de madera ardiendo, ¡Que así sea! Yo Soror, padre de Sirsi, con caravana propia en el gran desierto salado, acepto lo que los dioses han determinado.
--Gracias padre, yo y Azué tu nuevo hijo, por ser el hombre al cual, quise como compañero, para unirme en el sendero del Dios, te agradecemos mucho tu conformidad, para que podamos ir ante el Magupat , en Pasargada y frente a él, realizar nuestro sueño. Ahora iremos a dormir padre, mañana será el segundo día, de los tres, que nos faltan para llegar a destino.

Todos se retiraron a dormir y Azué, hizo la guardia, sentado en cuclillas ante el fuego, mirando hacia las sombras del desierto, así de las sombras a la luz y de la luz, a la sombra, los días fueron pasando uno sobre otro, llevados por el tiempo y tal como dijera Sirsi, al tercero de ellos, un amanecer iluminado por la luz del Maestro, la caravana llegó a Pasargada y ellos, fueron en busca del altar y el fuego, llegaron a las puertas, de lo que no era un templo sino un altar sencillo, al aire libre puesto, donde una llama ardía permanente, frente al fuego, el Magupat, al verlos llegar, dijo lo siguiente.

--Hijos del amor en esta tierra, donde Ahura Mazda dios supremo e inmaterial, gobierna nuestros actos y Zoroastro su profeta en ella, nos revela sus misterios y nos indica que camino seguir, tras las frases, palabras y textos contenidos en el Gran Libro, venerado y sagrado, consultado por nosotros y que responde al nombre, que los dioses han decidido nombrarle, Avesta, compendio astro sensorial de todo lo creado, Yo el Magupat de Pasargada, frente al fuego sagrado de madera ardiendo, en la voluntad de no equivocarme y con el consentimiento, del Gran Maestro, los declaro juntos, para todo el tiempo que crean necesario, puedan honrar la vida, en las enseñanzas de Zoroastro. Sirsi, vos ya estabas con El, Azué, lo buscaste tras un largo tiempo de tu vida y casi al fin del camino, encontrando a Sirsi, lo hallaste sin saberlo a El en ella, estos son los senderos que Baru nos hace seguir, mientras inflexible va el, guiando nuestro destino,. profundamente amado sea Zoroastro, frente al fuego, que irradia su calor eterno, si hay alguien que a su religión la pudo llamar Daena Vanguji, que no nos dice otra cosa que Buena Religión y sus preceptos fueron, los que deseo toméis vosotros, como regla para toda la vida, “pensar bien, hablar bien, hacer bien”. Entonces ¡Hermanos! ¡Hijos! Que se encuentran, para fortalecer la religión que han abrazado, Yo Magupat del oeste del imperio, por donde entró el Gran Maestro a nuestra casa, tomo del fuego, las cenizas de la llama y las arrojo sobre ustedes, para que así formen parte del Gran Fuego, que todo lo ha creado y al cual todo le debemos, solo el paso del tiempo, podrá decir si fuimos felices, Yo digo que en el tiempo que amemos y consultemos a Zoroastro, la felicidad estará entre nosotros. Ahora dejen el altar del fuego de madera ardiendo y desde este momento, construyan vuestras vidas, venerando al altar de fuego, que de seguro irradiará, cada uno de vuestros corazones, vengan las sombras que me aparten de ustedes y queden solos, para situarse en la vida que les toque. Un gran silencio al que no se podía ver, cubrió todo, solo la llama del altar irradiaba su luz, Sirsi y Azué quedaron solos, inmersos en el aire libre de espíritus malignos, sus bocas se juntaron y un beso sello, el gran amor que habia comenzado, bajo el signo secular de Zoroastro.  


  





        

IRLANDA DE MILESIOS Y DRUIDAS



La oscuridad era total en el sexto día de la luna allí en Brigantia, sobre la costa, el océano golpeaba con el martillo de sus aguas, contra las rocas del acantilado y en  tierra firme, el sueño se apoderaba de los Milesios de Brath, Sacerdote Druida que los gobernaba, pero no todos dormían en la ciudad, por las desiertas callejuelas, entre sus casa de piedra y sillería, un hombre joven, con un colgante de anillos metálicos en su cuello, como símbolo de autoridad y tatuado en el dorso de su mano derecha, un circulo, que correspondía al sol, fuente de la vida, dirigía sus pasos hacia el faro, que a la orilla del mar, mostraba su mole de granito en dirección al poniente, como auscultando las aguas milenarias, en busca de la isla del destino, prometida a ellos, descendientes de Gaedhal Gal, primer guerrero jefe allá en la lejana Escitia. Solo, con una rama de muerdago en su mano, atravesó el arco que servia de entrada al faro y comenzó a subir lentamente los escalones, que lo llevarían a la terraza del mismo, el lugar donde hacían sus observaciones astronómicas y sus presagios, en el jardín de acebos donde el muerdago sagrado colgaba de sus ramas, allá en lo alto -más cerca del cielo y de los misterios, invocados por los Druidas en sus ceremonias ancestrales- solo imperaba supremo y abarcador, el espíritu de la Diosa Danu, el origen de todas las cosas, mientras tanto él, el hijo de Brath, llamado por el Buey Blanco Ith y por el Druida Golam, Mil de España, ascendía uno por uno, los escalones de su sino tras un sueño, una aparición que tuvo mientras descansaba bajo un cedro, en medio de la selva, en el circulo libre de vegetación, donde se hacían los ritos en celebración de los ciclos de los años, allí en ese sueño, su presencia carnal, se encontraba en la terraza del faro y sus ojos descubrían, la isla del destino para la paz de su pueblo. ¿Sería verdad? ¿O solo una fantasía, producto de su cultura milesia y de su soledad de Druida, dedicado a la revelación de los misterios? No lo sabia, ni el muerdago de su mano se lo había confirmado, ni vestido de blanco bajo el roble milenario pudo saberlo, solo le quedaba ir y ver con sus propios ojos, en la dirección que el sueño le indicara, esa noche, allí en lo alto del faro, con su rostro hacía el poniente, hacia el mar libre de todo impedimento tal vez viera lo que soñara. Por eso y no otra cosa, estaba subiendo en dirección a la cima, en el sexto día de la luna, para que se cumpla el presagio y su pueblo, pueda habitar la isla prometida, aquella que los Druidas anteriores llamaran del destino y el, sin saberlo aun, en este ir rumbo a lo desconocido tal vez la encontraría , pero acaso le fuera imposible discernir, si ese destino sería el de su pueblo o el suyo propio, siguió su ascenso, entre aberturas de ventanas circulares, que permitían el paso de la claridad lunar y descansos formados por grandes piedras, con pequeños bancos labrados en las mismas, que ofrecían descanso al cuerpo de aquel, que emprendía la agotadora misión, de llegar al fin de la escalera en pos de la respuesta. Guío sus pasos hacía el mirador del mundo, llevando sus preguntas y después de largo tiempo, de dar vueltas en un circulo cerrado, solo abierto, al ruido de las olas en su base y a la luz de la luna, en todo su contorno, al final de los peldaños, su pie toco el ultimo y el techo de un corto corredor, lo llevó a la terraza del faro y el horizonte se abrió ante sus ojos, solo encontró oscuridad y contornos delineados, el gran espacio circular se veía cubierto de árboles y arbustos, flores y silencio, desde esa altura, se podía observar perfectamente toda Brigantia, el gran golfo del cual su costa formaba parte y más a lo lejos, en todo el espacio hacía el poniente, solo agua, pavimento ondulante y misterioso, que las naves de los Druidas recorrían, en su largo camino de conquistas, se dirigió al borde opuesto del circulo en donde estaba, aquel más cercano al mar, para ello atravesó caminos de jardines y el trono, donde el Gran Sacerdote oficiara y los invernaderos, de plantas medicinales y la casa, de los cuidadores del culto, que a esa hora dormían. Al final de todo, se encontraba el parapeto del borde más al poniente posible y contra el, apoyo su cuerpo y clavó sus ojos en la lejanía del mar, mas allá de donde el golfo terminaba y el océano de nuevo, todo lo invadía y fue, en ese instante, cuando vio en medio de las aguas, donde no debería haber mas que oscuridad, una luz, un punto luminoso que no era estrella, ni pájaro, ni Hada, ni brillo acaso de un espíritu sin paz de un antepasado, sino fuego, braza, incendio, iniciado por la mano de un ser igual a el ¿Entonces el sueño era cierto? ¿Era verdad que el día sexto de la luna, en noche cerrada, al dirigir desde la altura su vista al lugar que soñara, allí vería como la estaba viendo, la isla del destino? Ese pequeño trozo de sol, tierra y agua, al cual debía entregarse como a una mujer amada y partir cuanto antes, en su búsqueda, atravesando el mar, rumbo al punto exacto, donde el brillo aun visible le indicaba. Se volvió lentamente, más tranquilo, porque el presagio se habia cumplido, se encamino al centro de la terraza, donde se hallaba el circulo del sol y se arrodillo, para agradecer al dios Ogludith -dios totalizador de todas las cosas- por haberlo hecho a él, simple milesio, poseedor del sueño de la verdad y el conocimiento, largo rato medito, mucho tiempo paso, mientras su mente recorría los pasos, que debía seguir a partir de ese momento único en su vida. Una vez que todo lo hubo planificado, se incorporo y fue hacia el corredor rumbo a la salida, la noche poco a poco se borraba y desde oriente, el amanecer tenue y vacilante comenzaba a manifestarse con su leve claridad, desde lo alto descendió y mientras lo hacia, experimento en su interior la idea de que su paso por la vida, ya tenia un sentido, marcado en la historia de su raza milenaria, era celta pensó, era Druida y comenzaba a dar por todo ello, la ofrenda mejor para su pueblo, lo que todos ellos por siempre adoraban, el sol, el agua y la tierra, todo ello se haría realidad con su descubrimiento, ya no serian fenómenos naturales por ellos vistos, en todos los rincones del mundo que recorrían, sino que seria el culto de su propio sol, su propia tierra y su propia agua, cuando el, Ith el hijo de Brath, llamado por Golán Mil de España, partiera de Brigantia  lo más rápido posible, rumbo a esa luz en medio del mar, más allá de donde terminan las tierras conocidas y que sin duda, sería el lugar donde estaba mecida entre las aguas, con sus grandes acantilados de piedra y sus paredes de granito imperturbables, la isla del destino. Así pensando, fue bajando y eran las primeras horas de la mañana, cuando llego a la base del faro y cruzo su salida, justo a los pies de la ciudad, adentrándose en ella en busca de nave y pertrechos para iniciar su viaje. Un rato más tarde se encontraba en palacio, sentado frente a su padre, que esperaba de el le explique, cual era el problema que lo había hecho llegar tan temprano a su presencia.

--Padre, las otras noches tuve un sueño, que desde lo alto del faro, divisaba la isla del destino.
--Todo sueño es anuncio de los dioses.
--Tal lo pensé padre y decidí cumplirlo, así fue como anoche, me encamine al faro y una vez en su terraza mirando al poniente, divise una luz fija, sin movimiento -lo que me indicaba que no podía ser un trirreme- más allá de la costa de Galia, donde como vos sabes el mar todo lo invade.
--¿No sería una estrella, un espíritu? ¿El cuerpo radiante de un Hada milagrosa?
--No padre nada de eso, conozco de sobra sobre esos y otros brillos, soy experto en ello, esto era distinto, era una llama, era incendio producto de la yesca de algún ser como nosotros.
--¿Entonces?
--Padre quiero ir a ese lugar, atravesar el mar en busca de ese fuego.
--Lo que vos quieras hijo, bien pensado, si lo que soñamos es enviado por los dioses y si el sueño se cumple, significa que ellos están en lo cierto, ve a ese sitio, sigue tu camino, trazado por aquellos que pueden ver lo que nosotros ignoramos y ojala llegues, a buen puerto y cumplas tu destino.
--Necesito una nave, provisiones, gente, un cuerpo de guerreros.
--Todo lo tenes a tu disposición en el puerto, hace unos días llegó de La Bélgica Gaedh, al mando de un trirreme que tiene todo lo que necesitas, ve y habla con el, cuando diga que pueden partir, te haces a la mar.
--Bien padre, entonces voy al puerto, a ver a Gaedh a explicarle a donde quiero ir y preguntarle, cuando podemos partir.
--Eso es lo que debes hacer, lo único que te pido que me informes cuando te vas.
--Por supuesto así lo haré, ahora te dejo nos vemos, la paz sea con vos.

Ith se fue de palacio y tal como dijera, se encaminó al puerto, por callejuelas solitarias o muy pobladas, según fueran o no a la plaza principal, de la plaza, salía una avenida en dirección al puerto por la que llegaban a esta, las distintas mercaderías que desde lejanas tierras, eran traídas por los mercaderes, telas, especies, incienso y cientos de productos más, que en las ferias que se armaban, serían vendidas en su mayor parte, a los habitantes de la ciudad. Ith tomó por esa avenida y a poco de andar, se encontró con la vista del mar y un rato más tarde, estaba parado frente a un trirreme de alto calado, que se bamboleaba tras los movimientos del oleaje, a su costado, una plancha de troncos atados uno al lado de otro y amarrados a la nave, hacia de camino para ascender a la misma, Ith, subió lentamente la pendiente vegetal que se le ofreciera y un rato mas tarde, se encontraba frente a frente con Gaedh, ambos sentados en el interior de un cobertizo, que hacia las veces de cocina y dormitorio de la tripulación.

--Gaedh necesito viajar rumbo al poniente, bordear el golfo hasta el fin del territorio Galo y allí, con una inclinación de treinta grados aproximadamente, alejarnos del continente mar adentro.
--Rumbo a lo desconocido, rumbo al frío y la soledad del mar, nada hay en esos sitios tan lejanos nada que haya visto, la costa es una navegación segura, alejarnos de ella mucho nos complica, sobre todo si no sabemos para que.
--No te preocupes Gaedh, tenes razón, alejarnos de la costa nos aleja de lo seguro y conocido, pero te prometo, que siete lunas después de dejar a esta, estaremos sobre la isla que de seguro, encontraremos en ese sitio que yo digo ¿Cuándo podemos partir?
--Si vos estas convencido de lo que afirmas, entonces yo no tengo nada de que dudar, a partir de ahora, en la segunda puesta de sol, cuando la marea este más alta partiremos, te espero aquí para cuando eso ocurra.
--Aquí estaré, prepara bien las cosas, porque no se con que nos encontraremos allí, cuando lleguemos, muy posible esa isla tenga habitantes y no se como seremos recibidos, por lo tanto, es necesario tener gente armada, dispuesta a combatir y espíritus pacíficos, que sepan dialogar.
--No te preocupes Ith, deja todo por mi cuenta, que no tendrás problema alguno.
--Confío en vos Gaedh, otra cosa más y es lo último, la provisión de agua y alimentos es importante.
--Tan importante como la pólvora, perde cuidado que todo saldrá bien, como vos lo queres.
--Gracias Gaedh ¿Entonces, en la segunda puesta de sol a partir de hoy, vendré a tu trirreme y zarparemos?
--Así es Ith, te espero.
--Nos vemos, la paz sea con vos.

Dejo a la nave, el puerto y la plaza principal, para terminar en un caserío no lejos de palacio en donde vivía, su casa de piedra era igual a todas, pequeñas ventanas circulares la ventilaban y una única puerta, echa de troncos, era su entrada, en el interior, un único ambiente servía para estar, comer y dormir, quizás salvando la distancia, la misma disposición que en el tirreme de Gaedh, se preparó algo de comer y posteriormente se dedico a ordenar sus cosas, para el eminente viaje, en esos menesteres lo encontró la noche y decidió comer e irse a dormir. Al otro día –el de su partida de Brigantia- después de mediodía se dirigió a palacio, para despedirse de su padre, lo encontró leyendo en la biblioteca y fue a su encuentro.

--Padre.
--¿Si Ith?
--Vengo a despedirme, esta noche parto, rumbo al sueño de los dioses.
--Ojala hijo tu sueño sea cumplido.
--Así espero, estoy convencido que la luz que vi. las otras noches en el faro, se origino en tierra firme, en una isla sobre el mar y a ella voy, como el amante, a la mujer que quiere, tal ves sin medir los riesgos, impulsado por el amor y el deseo.
--El amante es como un ave, que mide la distancia y no detiene el vuelo.
--Eso padre, eso espero, no detener el vuelo y poder llegar al lugar que quiero.
--Te doy mi bendición hijo mío, en el carácter de sacerdote que poseo, invoco a la Diosa Danu, -nuestra madre creadora- para que te proteja en la misión que emprendes, haciendo un circulo en tu pecho, con la palma de mi mano abierta a las cinco direcciones, de los tantos espíritus que habitan el mundo del misterio, pido a ellos que cuiden de vos en este viaje y te hagan llegar, sano y salvo, a la isla del destino, si así fuera, el plan trazado por aquellos que gobiernan, el incierto mundo de los hechos, será cumplido, ve y mira con tus propios ojos lo que deseas ver.
--Gracias padre, así lo haré y la nave volverá sin mi y Gaedh podrá contarte, que llegue adonde por deseo de los dioses debía ir.

Ambos se abrazaron, en un abrazo que quería librarlos de peligros y desgracias y después Ith, se alejó rumbo a su casa, para buscar sus cosas e ir al puerto y esperar, junto a Gaedh en el trirreme, que la marea suba y que los remeros pongan en compás sus remos, para partir. Eran las últimas horas del atardecer, cuando se encontraba con él en cubierta.

--Gaedh ¿Todo listo?
--Si Ith, convendría zarpar ya, todo esta listo a bordo y conviene, que la última claridad del día nos permita alejarnos de la costa, sin problemas, luego avanzando con cuidado de noche y velozmente de día, bordearemos el golfo hasta la Galia, para desde allí, alejarnos mar adentro en busca de tu isla.
--Sabe la tripulación el destino de este viaje.
--Por supuesto Ith, ningún remero toma su remo sin saber a donde va, ni ningún tripulante, debe ignorar el propósito de quien lo lleva.
--Me parece perfecto.
--Esto es así, porque de esta forma podremos imaginar que llegaremos más fácil, cuando todos saben a donde vamos.
--Espero llegar Gaedh, sobre todo porque me encuentro con un navegante experimentado como vos.
--Gracias Ith y ahora te dejo, estamos por partir ya y debo ponerme al frente de mis remeros, luego nos vemos.

Un rato después a los oídos de Ith, llegaba el uniforme golpe de los remos contra el agua y poco a poco, sus ojos vieron como el trirreme se alejaba de la costa lentamente, la nave comenzó a tomar la ruta hacia el poniente sobre el amplio espacio de las aguas, mientras las primeras sombras del anochecer todo lo ocupaban, fue en ese momento de contrastes luminosos, donde la opaca luz de la luna comenzó a iluminar a través de la espuma la zigzagueante línea del golfo, que los guiaba en su travesía y mantenía a la nave en su posición correcta, al rato y una vez ya seguro el rumbo, Gaedh volvió junto a el y se sentó a su lado.

--Ya vamos camino hacia donde queres ir, ciento ochenta remeros mueven sus brazos, para que eso ocurra y el viento del mar, nos acompaña favorablemente.
--Gracias Gaedh, una vez más te repito, se de tu habilidad de piloto y se que por ella, llegaremos a la isla del destino, sin ningún problema.
--Eso, si la isla esta donde piensas que esta.
--Allí estará, porque así lo predijeron los Druidas en mi sueño y me mostraron el futuro, sin que este hubiera llegado.
--Quisiera saber ¿Qué piensas?
--¿Sobre que?
--Supongamos que la isla este allí, donde dices y lleguemos a ella, ¿Qué harás después?
--¿Me preguntas lo que tengo pensado, de algo que todavía no fue?
--Exacto, de eso te pregunto de lo que todavía no sucedió.
--Es muy posible que la isla este habitada por los hombres de Tuatha de Danann, no se, de ser así no quisiera pelear con ellos ni con ningún otro, más bien mi gusto sería, quedarme en la isla y con algunos de tu tripulación, que también tuvieran deseos de quedarse, fundar un pequeño asentamiento milesio, entonces, cuando vos vuelvas a Brigantia, hablaras con mi padre y le explicaras lo que tus ojos hayan visto, así se queda tranquilo de que hice lo que quise hacer.
--¿Y si tu padre no comprende lo que quisiste hacer?
--Solo tengo planeado vivir en esa isla, no hay en mi mente otra posibilidad, ásele comprender que ese y no otro es mi deseo.
--Como vos quieras, yo no soy quien para aconsejarte, ahora será mejor que cocinemos algo, comamos y nos vayamos a dormir, que mañana nos espera nuestro primer día de navegación.
--Te ayudo vamos.

La claridad y un balanceo suave lo despertaron, miró a su alrededor, estaba solo, por la abertura que daba forma a la puerta, veía a los hombres moviéndose en cubierta al costado de los remeros, pronto se dio cuenta, que era el recambio de ellos, había terminado un turno y otro comenzaba y cada reemplazante, parado al lado del compañero que iba a sustituir, hacia el cambio con el, rápidamente a una orden dada con un gesto, por el remero jefe, se desatendió de lo que pasaba en cubierta y le prestó atención a su estomago, tenía hambre, se fijó en que comer y encontró fruta, panes de arroz, carne cocida y salada y una bebida hecha con hojas de acebo, todo ello a disposición de la tripulación para su alimento durante el viaje, comió un poco de pan de arroz, bebió el acebo y se encamino a cubierta, al salir del espacio donde comían y dormían, el sol le dio de lleno y una sensación, como de ave en pleno vuelo lo invadió, el trirreme surcaba veloz las aguas, rompiendo con su quilla enchapada en plomo, las olas que se levantaban a su paso, a su derecha a lo lejos la línea de la costa reflejaba el resplandor del sol contra la espuma, las aves, más allá de la altura del mástil, casi como pegadas en el cielo, volaban en círculos perfectos tan iguales al astro sol que las veía, todo ello le pareció un conjunto de situaciones dadas a un mismo tiempo y tan ideales, que sin duda, no podría ser otra cosa que un anuncio de los dioses, de que su viaje tendría un buen final, tal como el suponía que así habría de ser, se acercó a Gaedh que estaba hablando con el jefe de los remeros.

--¿Cómo va todo Gaedh?
--Bien Ith, como ves tenemos un clima ideal y un mar calmo, pensamos que esto va a continuar, por lo menos hasta que lleguemos al fin de las Galias.
--¿Después?
--Después, Theon el jefe de los remeros piensa como vos, dice que si la quilla en mar abierto rompe las olas y ninguna tempestad, lleva el agua sobre cubierta, con ayuda de la vela en siete días llegaremos al lugar del punto luminoso, el sabe, que más allá del golfo, donde el mar que bordea las Galias se estrecha fuertemente, sigue la tierra, ancianos remeros se lo han dicho, viejos cartagineses se lo contaron, entonces porque no la tierra también se encuentre donde vos decís.
--Estoy seguro de eso Gaedh y ahora más que convencido, estoy tranquilo, porque lo que te a dicho Theon me lo confirma.
--Esperemos llegar, porque hasta ahora el rumbo es fácil, la costa te lo indica, cuando el mar se haga inmenso y la tierra se pierda, solo estará el rumbo en mi cabeza y caminar por el agua, es como adentrarse en el olvido, nada queda, solo el recuerdo de lo que antes ha sido.
--La experiencia Gaedh, eso es el recuerdo, saber mirar el cielo y las estrellas, el pez que salta cerca nuestro, el aire hacia donde corre, el sol adonde va cuando se aleja, cuales entre todas las estrellas, serán las que guíen nuestro paso, alumbrados por la luna sobre el agua iremos sin temor tras de su senda.
--Todo eso Ith como te dije, lo llevo en la cabeza.
--Entonces no tengo dudas llegaremos, ahora te propongo que pensemos juntos, como tratar a los posibles habitantes de ese lugar desconocido para nosotros y hacia donde vamos, ya que lo que hagamos en el primer contacto que tengamos con ellos, será fundamental, para ser aceptados o rechazados y me interesa mucho, que me acepten y pueda convivir con ellos, cuando vos te vuelvas con la nave y quedemos quienes así lo quieran solos allí, en ese sitio nuevo que buscamos.

Se pusieron a hablar animadamente y fueron planeando, que hacer cuando lleguen a la isla, si con habitantes en ella llegaran a encontrarse, luego cada cual volvió a sus actividades en la nave, Gaedh con los suyos, Ith con todos y además con sus sueños, los días fueron pasando y una mañana de lluvia, viento y frío, llegaron al fin de las Galias, allí donde el golfo doblaba para introducir su costa en el estrecho y el lugar exacto, donde la nave debía internarse en mar abierto, así lo hicieron, el timón de popa giró levemente en dirección al poniente, desplegaron la vela y el trirreme sacudió fuerte su estructura y voló hacia adelante, impulsado por el viento y los remeros, al poco tiempo la línea de la costa, las aves, la espuma, todo, había dejado de pertenecer al paisaje cotidiano y solo lo que se veía, era agua y cielo, acompañado del movimiento de las olas, por un momento se hallaban más cerca del cielo en otro, hundidos en un pozo que separaba las aguas, semejantes a cortinados que el viento moviera de mil formas diferentes. En los momentos de calma, el mar se convertía en un inmenso espejo de agua estancada, donde el avance era muy lento a golpe de remero y el sol, el astro de la vida calcinaba los cuerpos, la noche del séptimo día en que habían dejado el refugio de la costa, estando en cubierta Daegh y Ith hablaron.

--Si todo va como hasta ahora Ith, cuando amanezca, deberíamos ver un contorno de piedra frente nuestro, la isla que dices avistaste aquella vez, en lo alto del faro de Brigantia.
--Esto si los cálculos en tu cabeza no fallaron.
--Y tu vista no calculo mal la distancia.
--Todo depende de los dos y nuestro animo.
--Así es Ith y te propongo ir a dormir ahora, mañana sabremos si estábamos en lo cierto o no.
--De acuerdo, mañana será el día que sabre, si los Druidas me hicieron poseedor de los secretos de la isla del destino.
--¿Si llegaron a hacerte poseedor de los secretos, porque queres compartirlos con muy pocos milesios?
--Porque la misión que te dan los Druidas, es conquistar el mundo no despoblarlo, cada cual ocupara el lugar que le toque y aquel que descubra su destino, deberá partir.
--Puede que tengas razón ¿Mi destino en la nave sería entonces partir, siempre partir y no llegar nunca?
--Quizás ese sea tu destino Gaedh.
--Tal vez, ojala un sueño me lo explique.
--Vamos a dormir podría ser que los Druidas invadan nuestro sueño y nos enseñen tu destino y el mío.

Noche de mar tranquilo, el trirreme apenas se bamboleaba y los remeros, con sus largos remos hundidos y elevados, elevados y hundidos en el agua con el ritmo que su experiencia en el arte de remar les daba, imprimían a la nave una veloz carrera, rumbo al encuentro de un descanso en tierra, de esa tierra por ellos ignorada, perdida en medio del océano, pero presentida por el celta acostumbrado a navegar, solos, en medio de las sombras, en su mundo de tablas encastradas para poder flotar, para no hundirse, para estar, pero no para pertenecer al mar, así iban, aislados de todo lo que no fuera el remo, apretado entre sus manos como un talismán, que los salvara de la muerte, enfrascados en si mismo con un único destino que los guiaba, amar la soledad y lo desconocido, tratar de abrir el mundo al paso de los celtas, seguir el camino de las aguas del deshielo, que desde el ayer los trajo del fondo de la nada y avanzar, siempre avanzar, entre el sol la tierra y el agua, rumbo al mítico llamado de los Druidas, veloz el trirreme surcaba las aguas, cuando de pronto en el horizonte -lugar mágico donde el cielo y la tierra, los dioses y el celta, se juntan en un dialogo perpetuo- apareció la claridad, la luz doblego a la sombra, en esa lucha de contrarios que se apartan y se encuentran para volver a apartarse, poco a poco el sol fuente de la vida, se elevo de entre las aguas del océano y dirigió sus rayos hacia la isla del destino, que desde la nave de los Druidas fue vista por Theon el jefe de los remeros, quien pronto se lo anunció a Gaedh e Ith, todos entonces, dirigieron su vista a la distancia, donde una pétrea costa de acantilados de considerable altura, se presentaba a sus ojos.

--Gaedh ¡Hemos llegado!
--Si Ith tu sueño se ha cumplido.
--¿Qué haremos ahora?
--Aproximarnos lo más posible a sus costas, tratar de buscar un lugar en donde podamos fondear al trirreme y de esta manera tener acceso a la isla.
--Vamos a recorrerla entonces por mar y veamos, donde podemos desembarca o si hay habitantes en ella.
--De acuerdo Ith, eso es lo que haremos, Theon, dile a los remeros que se mantenga a prudente distancia de la costa y empiecen a recorrerla, a ver que encontramos en estas nuevas tierras.

El trirreme giró su proa y se puso paralelo a la espuma de las aguas, lentamente, comenzaron a desfilar como en un sueño, las partes visibles de ese pequeño continente insular, se encontraban bordeando el lado occidental de la isla y este presentaba, grandes bahías y fiordos profundos de paredes verticales, con muy poca o casi nula vegetación arbórea, solo se observaban extensiones de pasto, salpicadas por brezos y retamas, la soledad era el habitante de todo aquello, hasta donde alcanzara la mirada. De los tantos posibles sitios de acceso que se presentaban, ninguno tenia signo de seres que los habitaran, Ith se volvió hacia Gaegh.

--Antes de bajar a tierra Gaedh recorramos toda la costa, si encontramos que no esta habitada desembarcaremos en ella, pero preferiría encontrarme con isleños, antes que saber que nadie la habita.
--Eso haremos, nos llevará días pero imagino que si la isla tiene habitantes, estos estarán sobre la dirección que vamos, o sea el poniente, del otro lado me pareció ver cadenas de montañas que harían muy difícil el acceso a ella.
--De acuerdo, ojala llevemos el rumbo correcto y pronto nos encontremos con los seres que habitan este mundo y sus dioses que los protegen.
--Ith creo que en cualquier momento eso puede darse, la vista de la costa desde aquí es perfecta y nada que camine o este en ella se nos escapara.
--De acuerdo estemos atentos entonces y esperemos encontrar a quienes aquí habitan, para que no sean ellos quienes nos sorprendan a nosotros.

El sol en el cenit indicaba que el mediodía ya estaba entre ellos, sus cuerpos habían perdido la sombra que los protegía y el dios solar, los ponía desnudos frente a los peligros del mundo, fue en ese momento donde todos los milesios, se colocaron una pulsera de muerdago en su muñeca, para que los protegiera de la ausencia momentánea
de su sombra ya que era el instante del día en donde más que nunca, estaban librados a su destino y fue en ese momento precisamente en que los ojos de Theon, avezados en ver a la distancia divisaron en una bahía, trirremes anclados y algo lejos de la playa, casas de piedra, jardines y lugares sembrados, más lejos aún un palacio. No habia mirador alguno de donde se pudiera divisar, el infinito de las aguas, por lo tanto nadie en ese lugar, sabría que ellos estaban llegando.-

--Gaedh.
--¿Si Ith?
--Trata de acercarte a la bahía y fondea lo más próximo a su playa, bajaremos en la chalupa al encuentro de estos seres y veremos que pasa.
--Fondearemos entre esos dos trirremes que son los últimos anclados, allí por lo que veo es el lugar más accesible de la costa, Theon, da las indicaciones, quiero llegar allá y anclar entre esas dos naves.
--De acuerdo Gaedh, mis remeros te dejaran con la ayuda de los dioses que dirigen las palas de los remos, en el lugar exacto donde vos me pides.

Los remeros dejaron de remar y el trirreme, avanzó por su propio peso sobre las aguas, a cierta distancia de las dos naves que le servían de guía para fondear, el remero de popa acciono el remo de orientación y todos ellos, giraron lentamente a la derecha, mientras la proa de plomo terminaba a la par y en el medio, de las dos naves allí ancladas, fue concluir con esta maniobra y ver que una gran cantidad de isleños, se acercaban a la costa, Gaedh ordenó bajar una chalupa, en ella subieron Ith, Thoen y diez de los remeros y la misma se dirigió hacia la playa al encuentro con los habitantes del lugar, quienes apenas vieron que ponían pie en tierra, los rodearon inmediatamente, de entre ellos se acercó a Ith y su grupo, un anciano con la vestimenta correspondiente a los sacerdotes que alcanzan el mayor de los prestigios, quien se dirigió a el de esta manera.

--Soy Eochaid, Sacerdote, primer cabeza de tribu de esta isla y señor de todo lo que en ella existe, quien te da la bienvenida en son de paz.
--Mi nombre es Ith, soy milesio, Sacerdote Druida hijo de Brath, quien gobierna tierras más inmensas que tu isla, allá, detrás del mar que nos separa, que nos ignoró a ambos hasta este momento en que nos conocemos, debido a que vi tu turba encendida, desde un faro de mi costa y decidí venir, ya que mis dioses ancestrales dicen que esta, tu isla,  es para nosotros -milesios y celtas- la isla del destino, la isla prometida por nuestros antepasados, a todos aquellos que nacimos bajo el signo del acebo y el muerdago en el circulo del bosque cuidado por las Hadas, por lo tanto los dioses consideran que algunos druidas -los elegidos por ellos- deben pisar su suelo, para vivir en el y desarrollar el espíritu celta en el lugar donde sostienen, fue la tierra que en el comienzo de todo lo que existe, se nos otorgo a nosotros para que la habitemos y luego fue perdida y no encontrada…
--¿Vienes a conquistarnos? ¿A ocupar nuestro suelo?
No Eochaid, Sacerdote, primer cabeza de tribu de esta isla, no está en el interés de los míos, viajeros inclaudicables, residentes en mil tierras por vos desconocidas, conquistar nada de lo que pisan, ni suelo alguno que le brinde su amparo, solo vengo Eochaid Sacerdote de este lugar, a integrarme a tu tierra que te pertenece pero también la siento mía, por la vocación celta que fue mi cuna y por la sabiduría Druida, que me hace ver en ella lo que mis mayores me enseñaron debía hacer, vivir y terminar mi vida en nuestro lugar sagrado la isla del destino, esta que tu habitas y te ruego me permitas compartir, para hacer realidad el sueño de mis ancestros que guían mi vida del presente y seguirán como guías de los celtas a través del tiempo, el día que me vaya.
--Rodeados por el agua, cubiertos por el cielo apenas apoyados en la tierra, los habitantes de todo lo que vemos, sacerdotes o remeros, simples seres que sufren y sueñan, pasamos nuestra vida, veloz hacia la muerte, entonces como Sacerdote yo me pregunto ¿De que vale negar a aquel que llega, que comparta con nosotros lo poco que tenemos, si en sus actos encontramos que el, para nosotros será bueno? Te debe contestar la diosa que poseo, la piedra de Fal, la lanza de Lugh el caldero de Daghda, todos ellos talismanes y sueños, presagios lanzados en el claro del bosque y recogidos sobre la hierba oscura, hecha fuego por el soplo de los dioses, acepto que te quedes y como te veo solo, te daré la compañera que desees, si sos correspondido en el deseo de ella, porque nadie escapa de la espada de Nuadu, si toma por la fuerza el amor que no debe.
--Te agradezco Eochaid lo que me dices, porque son las palabras de un ser sabio y son las razones sopesadas de un ser justo, todo será cumplido por el muerdago que llevo y el acebo que traigo, por los dioses Druidas que viajan conmigo y por los treinta milesios que ha partir de ahora y junto a mi, nos quedaremos aquí contigo.